Pocas o ningunas veces un "quiero" es un "me conviene".
En ocasiones por disfrutar, en otras por no pensar, quizá incluso algunas por pensar demasiado.
Es difícil saber lo que se quiere en la vida porque lo que queremos en cada momento cambia constantemente como una variable ajena a nuestra voluntad, cambiando nuestro rumbo y eclipsando una supuesta dirección vital.
Cuando crees tener lo que querías, lo cuestionas, y replanteas los motivos que argumentaste para decidirte por ello, los vuelves a juzgar desde el punto de vista contrario, desde la nueva perspectiva, y quizá, lo que querías y entendías como imprescindible, no era tan indispensable como pensabas, lo que pasa es que no lo tenías, y por eso lo querías...
Es congénito al hombre perseguir lo que no tiene, desde el momento en que descubre que existe. Y si se me permite el comentario: es congénito a la mujer perseguir lo que ya no tiene (sobre todo si es un hombre).
Ya no sabemos ni lo que queremos, no nos valen ni nuestras propias motivaciones y tenemos que perseguir también los objetivos del prójimo o los que nos inserte la publicidad. Me pregunto seriamente cuánto durará esta enferma persecución.
Parece que no podamos pararnos ni un segundo a disfrutar de las cosas que hemos conseguido.
En seguida que lo contemplemos dos veces será tedioso por ser nuestro, como nuestra cara en el espejo. Y entonces descubriremos a nuestro alrededor algo nuevo, quizá incluso algo que lleve ahí mucho tiempo, pero de repente es nuevo. Y lo querremos, lo ansiaremos profundamente...
Retomando el inicio del post, perseguir las cosas que quieres puede ser bueno, valiente y noble; pero también egoísta, pueril e irresponsable. Hay que pensar más allá del aquí y ahora, más allá del allí y luego, el fuego de hoy son las cenizas de mañana, prueba con las brasas.
Templando sentimientos, midiendo fuerzas y teniendo coherencia con las consecuencias de nuestras acciones podremos afrontar la responsabilidad íntegra y honesta de lo que hemos querido para nuestras vidas.
Sólo aquello que es voluntario, no meramente contingente, y desde luego nada necesario, lleva ímplicito nuestra manera de ser, nuestra manera de hacer. Quizá los demás no lo sepan apreciar, pero nosotros sabremos que es nuestro. Que hemos tomado la decisión libre de hacerlo, que hemos dedicado tiempo, que nos hemos aplicado en conocerlo y hemos puesto todo el esfuerzo en hacerlo lo mejor posible.
Insisto en que quizá tanto empeño no tenga reconocimiento, no es importante.
Lo único importante en la vida son las actitudes. Las actitudes con que uno encara los hechos que marcan su historia. Los hechos de los que luego hablarán sus palabras.
Las palabras no vinculan, no demuestran ni garantizan, los hechos pueden estar condicionados a intereses perversos o voluntades ajenas. Las actitudes son el último reducto de pureza e integridad del que disponemos para desenvolvernos genuinamente en la desaprehensiva realidad a la que pusieron por nombre vida.
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Jaime Gil de Biedma - Poemas Póstumos