No sé ni por dónde empezar…
La vida es tomar decisiones, y sólo me
siento responsable de las consecuencias de mis ejercicios de
libertad. Pues bien, acabo de tomar la decisión
más importante de mi vida, y mientras termino de ejecutarla,
mientras la veo tomar forma, atraviesan mi cuerpo un millón de
sensaciones, y no estoy seguro de saber identificarlas todas...
Empezaré por el final, que parece lo
más lógico. El sentido de pertenencia a un lugar, a una comunidad,
a una tierra y a su cultura es de los instintos más primarios que
desarrolló el ser humano.
Esto no significa que exista en todas las
personas, ni que todas lo sientan igual, pero en mi caso particular
es profundo y real: conozco mis raíces, las respeto, las divulgo y
las exhibo con orgullo.
Mi sensación de arraigo hacia Murcia
va más allá de gastar bromas con el “acho”, la marinera, el
picoesquina, los michirones, el caldero o tantas y tantas cosas
nuestras. Mi arraigo se entiende desde la ilusión con que afrontaba
de niño cada Entierro de la Sardina y cómo volvía exhausto de
felicidad con toneladas de juguetes, cómo crecí en la convicción
de que la primavera puede durar nueve meses al año, o que el frío
de verdad no se puede combatir con gorros o bufandas…
Lo podemos contar a nuestros amigos de
una y mil maneras, pueden venir en vacaciones, en puentes o findes
locura, pero sólo quien ha tenido el privilegio de vivir lo
cotidiano del día a día en Murcia conoce de verdad los motivos que
me arrastran a emprender mi camino de vuelta.
“Go on, go on, your choice is
made” y pese a todo lo anterior, y pese a todo lo que pudiera
decir, solo uno sabe lo difícil que es decir adiós.
Han sido tres años y medio de mi vida
que jamás podré olvidar. Demasiadas emociones, sentimientos,
sueños, esperanzas, miedos y frustraciones. Y al final lo único que
he hecho ha sido vivir, lo mejor que me habéis dejado, que no ha
sido poco.
De nuevo quiero daros las gracias a todos los que me habéis acompañado y soportado, me habéis visto reir, llorar, salir de fiesta sin mirar el reloj y acabar yendo "al desayunante a brillar", jugar pachangas, echar más horas en el Despacho que en mi casa y un sinfín de recuerdos que se repetirán una y otra vez en mi cabeza, hasta el fin de mis días
Vine con la valentía de un crío que
se creía un hombre, sin saber de mi propia candidez y de todo lo que
me esperaba por conocer pero decidido a entenderlo cuanto antes. Y
ahora que me voy, apenas me atrevo a describirme como un chaval que
ha entendido que en la vida nunca dejas de aprender, sobre todo
aquello que creías que conocías.
Me voy de Madrid sabiendo que una parte
de mí se quedará aquí para siempre, una parte de mi pasado, sí,
pero también una parte de mi futuro, el que nunca conoceremos por
haberme marchado.
Espero que esa parte de mí que no me
acompaña en mi regreso quede en todas aquellas cosas y personas por donde he
pasado en estos años, pues “lo nuestro es pasar” y siempre he creído que la
impronta que dejamos a nuestro paso es la manera de perpetuarnos en la Historia, a través del recuerdo que imprimimos en la gente que pasa por nuestras vidas.
De verdad que ha sido terriblemente
difícil decir hasta siempre a Madrid. Son muchos los amigos que
dejo, los que ya tenía y se convirtieron en mi familia, y todos los
que he tenido la suerte de hacer en estos años gracias a cualquier
excusa, sea currando hasta las mil, saliendo hasta el amanecer o dando patadas a un balón.
Sin duda Madrid tendrá una nueva
dimensión en mi vida, cada vez que la vea por la tv o lea cualquier
noticia sobre ella una sombra de melancolía dibujara en mi cara una
sonrisa obligada, la sonrisa del que se sabe tranquilo con su
decisión, pero no puede dejar de añorar lo que eligió dejar atrás.
Allá donde se cruzan los caminos,
Donde el mar no se puede concebir,
Donde regresa siempre el fugitivo,
Pongamos que hablo de Madrid.
Joaquín Sabina - Pongamos que hablo de Madrid
