Ganas o aprendes, sólo pierde el que no lo intenta.
Hablar del dolor es fácil, porque las malas sensaciones tienden a envolvernos y a hacernos pensar que nada bueno volverá a pasar. Por contra lo bueno tiene esa cadencia efímera que nos sorprende un instante, y nos hace dudar después. Es cómo si nos gustara sospechar de que si algo bueno nos pasa, es porque algo malo acecha detrás.
Recrearse en el dolor es lo fácil. Aprender para mejorar no es valorable, no eres ni mejor ni peor por ello, ni estás obligado a hacerlo, pero el que lo hace sabe que está en paz consigo mismo y eso no hay dinero que lo pague.
A nadie le gusta empezar, porque una vez que conoces algo, por bueno o malo que pueda ser, no lo quieres cambiar. Empezar supone renunciar a lo que sabías y controlabas, y perder el miedo a demostrarte lo que eres. Pero vivir es empezar, una y otra vez.
Quizá el problema radica justo ahí, en saber quién eres.
Personalmente siempre he creido que no somos lo que hemos venido haciendo sino lo que hacemos en cada momento. Siempre que me he sentido cómodo en general, me he sentido intranquilo. Intranquilo por pensar que no me doy cuenta de lo que pasa, que el mundo se mueve y yo sigo sentado como si no fuera conmigo. Nuestra manera de reaccionar ante las circunstancias, previstas y no tan previstas, reflejan nuestra capacidad vital.
Y en el fondo, una vez más, estoy viviendo cosas que otros ya han vivido, y escribiendo (peor) sobre cosas que otros muchos ya han escrito.
Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Antonio Machado
